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“Pensaba que a mí no” (otra historia de terror)

Una historia de terror no tiene por qué comenzar con una casa en ruinas; bastará con un fugaz vistazo a un recibo devuelto. Algo que extraña cuando viene de un cliente de los que pones en un altar. ¿Un error sin importancia? El importe es alto. Para descubrirlo, le llamas.

Al otro lado de la línea, te encuentras con una voz esquiva, que te hace presagiar lo peor; no explica el porqué de que el pagaré de la discordia haya sido devuelto por el banco ni formula palabra más allá de la mera disculpa. Ni te confirma siquiera una fecha concreta de pago.

No quieres dar mucha importancia al asunto en un inicio, pues a fin de cuenta llevas quince años trabajando con esa empresa sin sorpresa alguna. Pero, ¿por qué, por primera vez, no se ha comprometido a fijar el pago en una fecha? ¿Pasa algo que te estéis perdiendo? Las dudas comienzan a revolotear por tu cabeza y la bola de nieve, paso a paso, se convierte en una avalancha de temores.

El miedo

Pasan los días y sigues sin recibir pago alguno. Las punzadas en el estómago comienzan a ser preocupantes; y no sabes que lo peor aún no ha llegado: te da por llamar a un proveedor con el que sabéis que tu cliente mantiene relaciones. Más tarde, haces lo mismo con el banco y tus sospechas se confirman: algo va mal. Nadie está cobrando. ¿Sientes ese escalofrío que te va recorriendo el cuerpo? Tiene forma de daga oxidada, ¿verdad? El miedo se apodera de tí.

Un impago semejante tendrá repercusiones sobre tus finanzas y lo sabes. ¿Qué hacer?¿Qué hacer cuando un castillo de naipes se desmorona al mínimo toque de la última carta? Estabas tan cerca de conseguirlo…y ahora esto. La verdad es que pinta mal, muy mal.

El concurso

Pasan los días y el cliente ya no coge el teléfono. Pareciera que el mundo se lo hubiera tragado. ¿Qué más puede pasar? Te enteras de que tu cliente, esa empresa con la que llevas trabajando codo a codo más de una década, ha presentado un concurso de acreedores. No te lo olías. ¡Has hablado con el dueño hace unos días y no te ha dicho nada! Es indignante, cierto; pero así funciona el mundo de los negocios. Ahora te tendrás que poner a la cola de quienes quieren cobrar, y lo peor del asunto es que no crees que puedas recuperar nada.

¿Cómo harás frente a los pagos que tienes concertados con tus proveedores? ¿Cómo harás las cuentas con tus trabajadores? Los problemas comienzan a apilarse cuando no tenéis suficiente liquidez y cobras a 90 o incluso 120 días…

Cambiar de mentalidad

(…) Es un caso que lamentablemente se presenta con frecuencia. Y lo peor de todo es que siempre se recibe por sorpresa. “¡Nadie se lo espera!” Todos confían en sus relaciones comerciales y pasa lo que pasa.

El mercado es volátil y la palabra vuela por el aire. ¿No te parece que conviene salvaguardar el interés de tus empleados, de tu familia y, en definitiva, de tu proyecto empresarial? Quizá sea el momento idóneo para cambiar de actitud, para actualizar una mentalidad que te podría colocar al borde de la quiebra y para no dejar nuevamente el futuro a su suerte.

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